Roberto Martín Pérez
A continuación reproduzco las palabras que preparé para pronunciar en la noche del 17 de septiembre de 2010, en la presentación del libro ¡25448, No!, una biografía de Roberto Martín Pérez, en la Universidad de Miami. Por Lincoln Díaz-Balart
¡Qué noche tan especial es ésta! Entre tantos y tan buenos patriotas cubanos. Unidos todos y reunidos por nuestra devoción hacia el hombre que honramos hoy.
Esta noche no solo se presenta un libro; se honra una vida ejemplar, la de Roberto Martín Pérez.
Es un honor poder compartir la mesa de presentadores esta noche con el ilustre historiador, teólogo y filósofo, Marcos Antonio Ramos. Con el autor del libro que presentamos ésta noche, Rafael Cerrato, con mi hermana legislativa, que el loco endemoniado llama “la loba feroz” y se queda corto; no hay quien pueda igualar en su lucha tenaz y eficaz en favor de los derechos humanos a Ileana Ros-Lehtinen. Y no hubiera habido Ileana Ros-Lehtinen sin Enrique y Amanda. Nos honra esta noche con su presencia Enrique Ros. Como lo hace también mi admirada amiga, Ninoska Pérez Castellón, y la mamá de Ninoska, Rogelia Castellón, otra extraordinaria patriota cubana de la que continuamos aprendiendo.
Yo tengo que admitir que no puedo ser objetivo cuando se habla de Roberto Martín Pérez. Toda mi vida, de mis padres aprendí sobre el heroísmo del hombre que, muy joven, había caído en las garras del tirano Fidel Castro el día que yo cumplí cinco años de edad. “Castro se ensaña en Roberto Martín Pérez porque es hijo del valiente ex-coronel de la Policía de Cuba, mi amigo Lutgardo Martín Pérez”, me decía mi padre. “Y Roberto Martín Pérez mantiene una conducta heroica dentro de las ergástulas de la tiranía”.
Me contó muchas veces mi padre la anécdota que él explica detalladamente en su autobiografía, “Cuba: Intrahistoria. Una Lucha Sin Tregua”. Él (Rafael Diaz-Balart) tenía unas tremendas broncas con muchos en el gobierno de Batista. En noviembre de 1953, como Presidente de la Juventud del PAU (Partido Acción Unitaria), mi padre organizó una marcha multitudinaria de jóvenes en La Habana. Decenas de miles de jóvenes participaron en el desfile convocado por mi padre para apoyar al gobierno tras el ataque de Castro al Cuartel Moncada. Se calculó que asistieron 100,000 jóvenes de todas las partes de Cuba.
Casi todos los miembros del Gabinete vieron con muy poco agrado aquel desfile convocado por mi padre. Pero su padre, mi abuelo, era Ministro de Transporte en ese momento y por eso no pudieron obstaculizar el transporte desde todos los municipios de Cuba hacia la capital y, municipio por municipio, la juventud respondió con mucho entusiasmo a su convocatoria y el desfile frente al Palacio Presidencial resultó un éxito, con 100,000 jóvenes desfilando durante horas.
No obstante, inmediatamente después que pasó la presidencia del desfile hacia el palacio, un policía de tránsito puso la luz roja, con lo cual destruía el desfile, ya que casi todos los asistentes quedaban detenidos mientras la luz roja estuviera puesta y quedaban separados de los miembros de la presidencia que ya habían pasado. Entonces mi padre se dirigió al policía de tráfico y le dijo que el desfile tenía el permiso necesario, le mostró el permiso por escrito, y le rogó que pusiera de nuevo la luz verde. El policía le contestó que no pondría la luz verde porque él había recibido órdenes y por eso había puesto la luz roja. Mi padre, tras explicarle al policía que él era en ese momento el Sub-secretario de Gobernación, fue entonces y personalmente puso la luz verde, pero en ese momento llegó un capitán de la policía, con una actitud irrespetuosa, y se produjo entre mi padre y el capitán de la policía un desagradable incidente, que estuvo al borde de terminar en una tragedia. De pronto, me contó múltiples veces mi padre, él no supo de donde apareció el Coronel de la Policía Lutgardo Martín Pérez, que entonces prácticamente cargó al capitán y lo metió en uno de sus automóviles, le pidió disculpas a mi padre, se puso a su lado y lo acompañó todo el resto del desfile. Por cierto, aquí esta noche está mi tío, Frank Diaz-Balart, que estuvo presente ese día en el desfile de la juventud.
Toda mi vida escuché esa anécdota, escuché sobre la valentía y la rectitud del pundonoroso Lutgardo Martín Pérez, y sobre el heroísmo de su hijo en los calabozos de Castro, Roberto Martín Pérez.
Al salir yo electo por primera vez, a la legislatura de la Florida, en noviembre de 1986, públicamente dediqué mi elección al patriota cubano que en ese momento había sufrido ya 27 años de torturas en el heroico presidio político cubano.
¡Se podrán imaginar ustedes la alegría que sentí al año siguiente al enterarme, me acuerdo que estaba en Tallahassee, de la llegada a Miami de Roberto Martín Pérez!
¡Y es que, de la misma forma en que estamos orgullosos de Flor Crombert, de Guillermón Moncada, de Quintín Banderas, de Antúnez, de Orlando Zapata Tamayo, y de Reina Luisa Tamayo, estamos orgullosos de Roberto Martín Pérez!
Roberto Martín Pérez, gracias por tu ejemplo, por tu conducta, y por tu amor por Cuba.