Gota a Gota...

Artículo publicado en la revista nº 1 Fulltànit (marzo del 2008) de San Andreu de la Barca

Nunca pude imaginar tal cambio, en tan poco tiempo. En apenas unas horas, habíamos pasado de la más profunda tenebrosidad al más insólito y bello panorama que jamás pudiera imaginar.

Al levantarnos todo era oscuridad y putrefacción. El sitio me pareció de lo más horrendo. Nada más salir de la cabaña, que estaba perfectamente climatizada, una ola de bruma nos envolvió. El calor y la humedad hicieron que nuestras ropas se adhirieran empapadas a nuestros cuerpos. Los mosquitos empezaron a zumbar a nuestro alrededor y no paraban de intentar picarnos, con las dos manos no dábamos abasto para alejarlos de nuestro lado. El ruido de los numerosos reptiles zigzagueando a nuestros pies, hacía que nuestra piel se erizara. De vez en cuando el fuerte chillido de algún pájaro exótico, desgarraba la madrugada. Todo eso acompañado de un fuerte olor a gas metano y a cieno en putrefacción, convertía aquel lugar en la más terrible pesadilla. A punto estuve de salir corriendo, regresar a la cabaña y atrancar fuertemente puertas y ventanas.
Jorge me lo había advertido: -Al levantarte, te dan ganas de salir corriendo. Después, poco a poco, contemplarás uno de los más bellos panoramas que jamás pudieras imaginar-.

Efectivamente fue así. Apenas llevábamos diez minutos fuera de la cabaña, cuando de pronto un silencio fantasmal lo envolvió todo y en apenas unos segundos, los primeros rayos del sol empezaron a filtrarse a través de aquella bruma. Enseguida, como si llevaran tiempo esperando, miles de pájaros empezaron a emitir los más bellos sonidos. Al mismo tiempo, empezaron a levantar el vuelo en grandes bandadas y pude contemplar como el cielo se iba poblando de los más bellos colores que jamás pudiera imaginar. No conocía los nombres de aquellas aves, pero ni siquiera podía preguntarlos, me quedé estupefacto ante tanta belleza. Al mismo tiempo, las más bellas libélulas y mariposas de las que jamás pudiera sospechar que existieran, fueron desplegando sus coloridas alas. Cómo por arte de magia, los mosquitos desaparecieron y dejaron de oírse los susurros de los reptiles. El cielo se iba transformando; del negro al gris que se iba tornando a su vez, a velocidad de vértigo en dorado y este lentamente se iba azuleando. Enseguida pude notar cómo el desagradable olor iba desapareciendo a medida que innumerables flores abrían sus pétalos de todos los colores y formas, las más bellas que en mi vida había contemplado y que esparcían sus agradables y sensuales aromas y perfumes.

El paisaje se iba transformando a tanta velocidad, que mis ojos apenas tenían tiempo de adaptarse a tanto cambio, a cuál más hermoso. La belleza me tenía paralizado, no era capaz de retener en mi cerebro tanta maravilla. Ahora que lo estoy escribiendo, por más que lo intento, no encuentro las palabras exactas para poder describir semejante milagro.

Hasta que sin darme cuenta, ya el sol, cómo la más gigante e ígnea naranja que se pudiera imaginar, terminó de salir por el lejano horizonte y se quedó suspendido en el cielo iniciando su lento caminar hacia la noche.

Entonces todo se serenó y sentándonos en dos gigantescas y musgosas rocas, pude contemplar como todo se iba calmando y cómo aquel lugar se había transformado de la más horrible pesadilla que jamás pudiera soñar en el más edénico paraje. Las aguas azules, pobladas por numerosas plantas acuáticas, con grandes flores. Inmensos árboles que levantaban sus verdes ramas, hasta que se perdían en la altura. Trepadoras con las más bellas hojas que se alimentaban de estos. Flores de miles de colores, que se resguardaban en sus sombras. Aves que nunca imaginé que existieran, insectos con las más bellas alas y vida en cualquier forma imaginable por doquier.

Miré mi reloj y asombrado, vi que sólo había pasado media hora. Era inexplicable como en tan escaso tiempo se había podido producir semejante transformación.

Entonces, tuve primero un sentimiento de agradecimiento a Jorge, por haberme llevado a aquel lugar y casi obligarme a quedarme. A Dios, por haber creado y permitirme a mí, precisamente, ser participe de tanta belleza.

Fue en aquel momento, cuando comprendí la grandeza del significado de la palabra “humano”, al contemplar la belleza que se sustenta en el putrefacto “humus” y las inmensas posibilidades de vida que encierra.