Las doradas perlas de la Ginesta

Artículo publicado en la revista nº 2 Fulltànit  (noviembre de 2008) de San Andreu de la Barca

Fragmento de su libro inédito… “Las doradas perlas de la Ginesta”

Al fin llegaron a “La Barceloneta”. Jordi, disponía de un mediano apartamento con amplias vistas al puerto deportivo que, según le dijo, se había comprado bien barato después de las olimpiadas y que había reformado a su gusto. Durante su ausencia, una buena vecina se encargaba de airearlo, quitarle el polvo y mantenerlo limpio. Aparcaron en los sótanos del mismo edificio, recogieron el equipaje y se introdujeron en el ascensor, que los elevó con lentitud hasta el séptimo piso de aquel inmueble. Salieron de aquella diminuta urna metálica y entraron en la vivienda, dejando sus pequeños bultos detrás de la puerta.

Jordi se dirigió casi a oscuras hasta el amplio balcón, corrió las cortinas y subió las persianas. Isidro se quedó fascinado. Una dorada luz se adueño de aquella habitación no demasiado grande, pero decorada con gusto. Echó una rápida mirada a su alrededor. Lo que vio le fascinó, pero lo que más le atrajo, fue el inmenso mirador. A una señal de Jordi, cruzó la habitación para asomarse al exterior y se quedó hipnotizado.

En la lejanía, el puerto con sus grandes grúas y barcos al pie de la montaña de Montjuïc. Sobre el mismo, el sol que iniciaba su rápido descenso a aquellas horas, semejante a una inmensa bola de fuego, que se iba transformando de ácido limón al más dulce naranja y que transmutaba la luminosidad de la despejada tarde.

Más cercano, el moderno edificio del Mare-Mágnum, con sus formas redondeadas y sus tonos blancos y azulados, rodeado por los ferrys que hacían los veloces viajes a las Islas Baleares y frente a la estatua de Colón. De allí el arranque de las Ramblas que, trepaban con su carga de variopinta humanidad, bohemios pintores en busca de una oportunidad, pájaros exóticos y flores de todos los colores y olores hasta el corazón de la ciudad.

Y por último, a sus pies el puerto deportivo, en el que entre aguas de reflejos cobrizos a aquellas horas de la tarde, destacaban balanceándose al suave ritmo de la marea, los largos mástiles de embarcaciones de recreo, rematados por pequeñas banderolas de todas las nacionalidades y tamaños y el edificio del museo del mar, recientemente restaurado y que en su interior albergaba además del museo propiamente dicho, numerosos y pesqueros restaurantes con vistas al mediterráneo...