Carta a Fernando Sánchez Dragó
Editorial Dedalo S.L.
Obra firmada con el seudónimo de Ramiro Ponce.
Aquí el autor se dirige a uno de sus autores favoritos, y pretende situar en el sitio justo, a las principales religiones dominantes en la actualidad.
El libro se presentó en diciembre del 2005 en el Corte Inglés de Puerta del Ángel de Barcelona, por Pilar Rahola.
La presentación en Madrid se hizo en mayo 2006 en FNAC de Madrid, por Fernando Sánchez Dragó y Fernando Diez.
Comentario del autor
Siempre he disfrutado con las obras que este escritor ha ido publicando. He leído casi todas, he gozado con sus tertulias, compartido bastantes puntos de vista, admirado su valentía en determinados momentos y seguido su evolución. Pero cuando leí “Carta de Jesús al Papa”, se me rompieron todos los esquemas.
De ahí, surgió mi idea de responderle y rebatirle. Lo que en un principio, pensaba sería una simple carta, más o menos larga, eso sí, se convirtió en este libro, en el que no sólo le rebato, argumentándole cuanto puedo, lo por él expuesto, sino que, de camino, establezco una comparativa entre las tres más grandes religiones, o filosofías del mundo actual, partiendo desde sus orígenes, bastándome para ello, en el establecimiento de una comparación entre las vidas de sus fundadores; Buda, Jesucristo y Mahoma.
Prólogo
Pilar Rahola
La divergencia cómplice.
Como catalana, más que un prólogo, tendría que escribir a mi vez una carta a Ramiro Ponce del Río, replica de la suya a Fernando Sánchez Dragó. Ni comparto algunas de sus afirmaciones sobre lo que él llama “el auge de los nacionalismos extremos en nuestro país”-¿se referirá al nacionalismo irredente del sector más radical del PP?-, ni creo que sepa mucho lo que significa el Plan Hidrológico, a tenor de la alegría con que despacha la cuestión tipificándola como un mero acto de insolidaridad. Como tampoco estoy de acuerdo con su análisis de los últimos resultados electorales en España, y soy una descreída de las religiones y sus mitos, empiezo este prólogo con más perplejidad que determinación. Para decirlo a la usanza almodovariana, ¿qué hace una chica como yo, en un prólogo como éste? ¿Me corresponde a mí abrirles a todos ustedes la puerta, e invitarles a pasar al complejo y rico universo mental de Ramiro? El azar juega a dados y a veces hasta reparte suerte. En mi caso, lo ha sido este extraño azar que ha conjugado la Carta del Ponce del Río y su densa reflexión, con estas palabras que les dedico desde otro planeta mental, quizás desde otro universo.
Les expondré algunas diferencias, más allá de las político-territoriales, muy poco relevantes en el libro en cuestión. Para empezar, yo no soy creyente. Es decir, no lo soy en los términos del rito, el dogma y la fe. Como mucho, asumo como parte fundamental de mi construcción personal, la voluntad de la trascendencia, y solo desde esta perspectiva de espiritualidad emocional –perfectamente compatible con mi racionalismo voltairiano-, tengo algún nexo de unión con el hombre profundamente creyente que demuestra ser Ramiro. Contemplo las religiones con la obsesiva curiosidad de los forenses, cuando no con la mirada preocupada y defensiva del asediado, temeroso no de la furia de Dios, sino de la furia desastada de los que usan el nombre de Dios en vano. Por cierto, en este punto mi coincidencia con Ramiro es total: mi preocupación por el Islam “paranoico” –la expresión es de Salman Rushdie- que está secuestrando cerebros, destruyendo esperanzas y asesinando vidas, es hoy la más acuciante de todas mis cuitas.
Igual que Ramiro, no creo que el Islam tenga futuro en la actual derivada suicida, destructiva para todos, pero sobretodo autodestructiva para sí mismo. Decía, pues, que mi visión no es la de aquél que cree, sino la de aquella que solo cree en lo que puede someterse a la dura prueba de la interrogación. ¿Dios? No tengo la suerte de que me lo hayan presentado. Miradas, pues, la de Ramiro y la mía, que llegan al mismo punto de encuentro, pero que parten de muy lejanas patrias intelectuales.
Otra diferencia, substancial, es mi cercanía estrecha y profunda con el judaísmo, quizás la única religión que me interesa especialmente, y la que parece interesar menos al autor de este magnífico libro. En su caso, la cultura judía solo es el preámbulo de la gran figura de Jesús, y el judaísmo solo parece interesarle de forma utilitaria. En mi caso, en cambio, el interés que me produce es central. Diría, para agudizar en las diferencias, que a mi Jesús me interesa por su condición de gran judío, y a Ramiro le interesa a pesar de su condición judía. Nuevamente las patrias son lejanas…, aunque encuentren territorios de cercanía. Y más allá de estas divergencias centrales, podría listar una larga retahíla de motivos que hicieran de mí una persona poco apropiada para aconsejar este libro al respetable en general, y a los respetables míos en particular. Ni tan solo el debate histórico interreligioso me ha apetecido nunca en la proporción de convertirlo en pasión, y solo algunos trabajos de comida rápida, como el “Código da Vinci”, auténtica hamburguesa de la historiografía, han saciado mi hambre poco sofisticada. Atada en vena al pesante presente que me reta, me interpela y me preocupa hasta el punto de ocupar mi tiempo y mi capacidad, el pasado se me cuela en los pocos intersticios que dejo sin cubrir. De hecho, el pasado me resulta el paisaje de fondo, la música remota, el perfume sostenido de la única realidad que me conmueve: la real. Leo, pues, mucho y a bocajarro, y casi siempre lo hago, aunque lea sobre el pasado, para entender el presente.
De eso se trata, ahí está el punto de unión, esa es la gramática que convierte el lenguaje de Ramiro Ponce del Río en mi propia sintaxis, y ello a pesar de hablar idiomas tan diversos. A pesar de habitar en universos tan distantes. Su libro, su provocación inteligente y honesta, no está pensada para perderse en las marismas de los tiempos que fueron y no son, sino para hurgar en ellos con la pretensión de entender qué nos está ocurriendo. Nos emborracha con datos, nos sacude con ideas, se juega la vida en los análisis y con toda la pasta de la historia en mayúscula, la historia de las religiones, moldea un cuerpo intelectual que no puede dejar a nadie, mentalmente sano, indiferente. Es un provocador en el sentido sabio del término, y ello, en estos tiempos de pensamiento único, de dictadura de la corrección política, en estos tiempos de dogmas a derecha y a izquierda de las ideas, no es poca cosa. Muy al contrario. Es mucho y todo bueno.
Una última consideración, no menor. Que este libro sea, además, una carta a otro gran provocador del pensamiento, Sánchez Dragó, resulta un elemento añadido a su notable atractivo. Ramiro Ponce del Río podría haber caído en el frenesí mediático, y haber perpetrado una respuesta escandalosa y facilota. Los tiempos cabalgan a ritmo de jinete desbocado, y lo devoran casi todo a su paso. Podría haber buscado la provocación estética, sin otro objetivo que la rutilancia del escándalo. Habría sido fácil, porqué hoy se lleva más el pensamiento fashion, iluminado y frívolo, que no la pesada carga del pensamiento riguroso. Sin embargo, nuevamente, Ramiro provoca sin caer en la simple provocación, establece un reto fascinante y seductor, pero no se enamora del reto, sino del contenido que le da sentido. Es, pues, un escritor ético, y no un puro esteta. De ahí que la provocación sea sana y, sobretodo, sea honesta. Porqué sacándole la piel a Sánchez Dragó, Ramiro Ponce del Río se deja la piel.
Sí. Me ha seducido. Debo ser la última lectora que él podía pretender. En el manual del lector perfecto incumplo todas las condiciones de este libro. Y esa es la grandeza. Que el escritor inteligente no escribe para el lector adecuado. Sino para aquel que tiene hambre de saber, y las suficientes agallas para pretenderlo. Es un osado que lanza retos sabios a otros locos osados. Y los encuentra. Porqué en la dictadura de la corrección política, los hay que hemos declarado la guerra a la imposición del pensamiento. Diversos en las ideas, en los pelajes y en las condiciones. Incluso diversos en las preguntas y en las respuestas, pero cómplices del difícil, arriesgado y bello arte de pensar libremente.
Pilar Rahola
www.pilarrahola.com