Lepanto, la batalla inacabada
Con la publicación de "Lepanto: la batalla inacabada" (febrero del 2006) nos invita a entrar en el mundo de la historia polemizando sobre un tema de absoluta actualidad, como es la relación entre occidente y el controvertido mundo del Islam, al mismo tiempo que recrea una realidad literaria mezclada con su propia realidad personal, rememorando sentimientos que le hicieron viajar hasta Turquía para encontrar in situ las respuestas que el tiempo había ocultado. Esta obra ha sido elogiada por Pérez-Reverte y por Ruiz-Doménec (catedrático de Historia en la Univer¬sidad de Dacksonville).
Este libro ha sido presentado en el Corte Inglés de Barcelona (Puerta del Ángel), por el prestigioso historiador José Enrique Ruiz-Doménec.
Palabras de Ruiz-Doménec: “Cuando lo lean, descubrirán que hay algo más en este libro, un esfuerzo por reflexionar sobre las circunstancias de entonces y de ahora, que llevaron al enfrentamiento entre la cristiandad latina y el islam turco”.
Prólogo
José Enrique Ruiz-Domènec
Tuve la fortuna de leer la última novela de Ramiro Ponce del Río La batalla inacabada al mismo tiempo que revisaba la monumental obra de K. M. Setton The Papacy and the Levant, cuyo último volumen, de los cuatro que cuenta, está dedicado a las guerras de galeras del siglo XVI en el Mediterráneo oriental. La novela de Ramiro Ponce trata de la batalla de Lepanto desde una perspectiva personal, y diría, única en cuanto a género, y las investigaciones del sabio americano se centran en el estudio de los infinitos detalles de aquella jornada que en el decir de Cervantes “se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar”. Muchos lectores creerán que estamos ante una nueva novela histórica de las muchas, y algunas buenas, que en la actualidad se publican sobre este tema, o sobre temas parecidos, y esperan encontrar en sus páginas, como personajes centrales y secundarios, a un buen número de figuras de la vida española de la época de Felipe II, comenzando desde luego por el famoso hermano del rey, Don Juan de Austria, sin olvidar a los almirantes otomanos que tuvieron la osadía de hacer frente en aquella jornada a la poderosa coalición formada por Venecia, España y el Papado. Pero, cuando la lean, descubrirán que hay algo más en este libro, un esfuerzo por reflexionar sobre las circunstancias de entonces, y de ahora, que llevaron al enfrentamiento entre la cristiandad latina y el islam turco.
Los personajes son fácilmente identificables. El ambiente histórico también lo es: el largo conflicto en el mar entre dos civilizaciones antagónicas que hunde sus raíces en las Cruzadas de la Edad Media, convertido en la pugna entre el imperio de los Habsburgo y la Sublime Puerta durante la primera mitad del siglo XVI. Todos esos temas han sido tratados en ocasiones precedentes, como reportaje verista de una crónica de proezas militares, sobre todo por los biógrafos de Don Juan de Austria, pienso ahora en la bella biografía de W. Stirling-Maxwell, y en las habituales gacetillas sobre la misión de España en el mundo. ¿Era necesaria, entonces, esta novela de Ponce?, se preguntarán algunos lectores.
Mi respuesta es afirmativa. La novela que medita en primera persona sobre la historia entraña sus propios riesgos y Ponce los ha corrido, aunque se defienda ante ese uso afirmando que la obra es una respuesta al hecho de haber encontrado por pura casualidad unos cuadernos con anotaciones varias sobre el tema que le preocupó desde niño. Esta confesión, que muy bien hubiera podido escribir Stendhal para los cenáculos parisinos a los que deleitaba con sus especiales reflexiones sobre Waterloo que dieron lugar a la memorable La Cartuja de Parma, Ponce la asume como una profesión de misterio, que le obligó a viajar hacia los lugares donde tuvieron lugar los hechos con el fin de encontrar explicaciones a multitud de preguntas a las que los libros no le daban las respuestas que él necesitaba. Así convirtió la obra en un libro de viajes, en un cuaderno de bitácora donde anota dudas, preocupaciones y sinsabores que le acercan a los modelos de la época clásica donde la narración se articula sobre las correspondencias entre los personajes literarios y los modelos de vida real. Quizás el espíritu de Ponce se siente cerca del espíritu de Defoe, aunque su deseo de comprender el presente por el pasado le lleva a atribuir a sus personajes maneras de pensar distintas a las que les otorga el común de los mortales. Pues si el autor, en su pleno derecho de creador, diseña los personajes y su mundo conforme a su particular punto de vista, es porque tiene la intención de lanzar un mensaje claro a los lectores.
Y aquí en el territorio del mensaje es donde mi lectura de Setton resultó oportuna. Una obra histórica se aleja de la biografía personal del autor por respeto a las normas académicas que le dan vida, mientras que una novela tiene la posibilidad real de convertirse en un relato donde el yo exponga su visión del mundo, y es ahí donde la novela de Ponce crea una realidad literaria que es al mismo tiempo una realidad personal. Este tránsito hacia un género nuevo es habitual en la historia de la novela, donde los creadores derrotan los modelos literarios anteriores con el fin de dar entrada a sus impulsos más íntimos. En ese sentido siempre resulta más fácil valorar lo que un novelista deja atrás, que intentar saber la novedad que propone.
El regreso a Lepanto es una invitación al sentido. La tragedia de la guerra naval recupera así su papel creador de la civilización. Esta vez, esa delgada línea que conecta Actium con Lepanto se revela en toda su amplitud. La batalla de Lepanto es más que el último enfrentamiento entre galeras de la historia o que la prueba fehaciente de que la época del barco de remos había llegado a su fin, es por encima de eso “la batalla inacabada”. Y como batalla inacabada regresa a nosotros en esta novela, y se convierte en meditación sobre el futuro asentada en el juicioso conocimiento del pasado. Mediante esa estrategia, Ponce nos permite saborear el mundo épico de la batalla, dejando a un lado los aspectos terribles de la guerra de galeras del siglo XVI. El escritor nos brinda el acceso a la filosofía de la historia, donde otros hablan de detalles desagradables como que allí se enfrentaron casi 180.000 hombres en condiciones que hoy resulta difícil de imaginar. Mientras él se entretiene en reflexionar sobre el alcance histórico de aquel suceso, otros se han detenido en estudiar lo que estaba debajo del vistoso escenario, los gruñentes galeotes y soldados, los hombres que remaron, dispararon y se hirieron en condiciones espantosas, claramente inhumanas.
Las galeras de guerra del siglo XVI eran embarcaciones sucias y horribles, tan mugrientas de cerca como elegantes en la distancia. El apiñamiento de los remeros y el hecho de que casi estuvieran al nivel del agua las convertían en un lugar insalubre durante la travesía y en un osario durante la batalla. Las galeras estaban siempre atestadas y sus tribulaciones morían destrozadas por la metralla y las balas de cañón, abrasadas por los proyectiles incendiarios y acribillados por las flechas y las balas de pequeño calibre. Como sus costados eran bajos y carecían de blindaje y techos de protección, cada descarga ocasionaba un número terrible de bajas. La batalla de Lepanto también es esto: un modo cruel de concebir la vida. Los galeotes, a los que el sabio Don Quijote quiso liberar pues conocía bien su suerte, solían ir encadenados a su banco junto a otros cuantos convictos. Orinaban, defecaban y, con mar gruesa, vomitaban en el banco junto a los compañeros de infortunio a los que apenas conocía pues en la mayoría de las veces hablaban idiomas distintos. Vestidos con un simple taparrabo, no tenían nada que les protegiera del agua marina, la lluvia, la escarcha o, en verano, del abrasador sol del Mediterráneo. Las llagas eran habituales y las pústulas también. Comían mal y sus heces olían a metros de distancia. Cuando una flota de cien barcos llegaba a un puerto, dejaba tras de sí un pestilente cargamento compuesto por toneladas de aguas residuales que propagaban enfermedades y un persistente miasma por la ciudad. No es de extrañar que los responsables urbanos se resistiesen a la llegada de una flota, poniendo todo tipo de obstáculos. La suciedad era el único recuerdo de una gesta valerosa, lo demás, las crónicas palatinas, los elogios poéticos, las felicitaciones procedían de los cortesanos que jamás habían pisado un barco, y cuando lo hacían trataban de estar el menor tiempo posible y con un pañuelo perfumado anudado en el cuello, cerca de la nariz para paliar en lo posible el espantoso hedor. La imagen del hombre y la mujer del Mediterráneo apasionados por los perfumes se debe en parte a los efectos de ese moviendo de barcos en la época moderna.
Pero la batalla de Lepanto también fue un duelo entre dos elites militares del siglo XVI: la europea y la otomana. Por supuesto, el combate no se agota ahí, pero responde a sus planteamientos. Los almirantes turcos creyeron aún en el poder del espolón de bronce como arma principal con el fin de abordar los barcos del enemigo y echarlos a pique; así se había hecho siempre y con excelentes resultados. Don Juan de Austria y los venecianos que le asesoraban estaban convencidos del poder del fuego de los cañones y decidieron armar los barcos con el mayor número de ellos: 1.815 por 750 de la escuadra otomana. Y ante ese duelo de elites culturales es obligada la realización de una catarata de preguntas de difícil respuesta, o al menos que hoy sea políticamente correcta: ¿Por qué la flota otomana que combatió en Lepanto era el producto del pillaje, las incursiones, los impuestos y los aranceles sobre el comercio con Occidente, mientras que los barcos de Venecia y los Estados Pontificios respondían más a los dividendos del capital invertido en la banca, la industria, la colonización y las exploraciones? ¿Por qué, como norma, los otomanos intercambiaban con los europeos materias primas por productos manufacturados? ¿Por qué había fabricantes, diseñadores navales y de armas y comandantes mercenarios europeos y renegados en Estambul, pero, en términos relativos, Occidente empleaba a muy pocos turcos? ¿Por qué Europa no aprendió de los otomanos a fabricar cañones y galeras en masa? ¿Por qué la flota turca no contaba con las novedosas galeazas, y la flota cristiana sí?
Todos sonreímos y nos encogemos de hombros al escuchar estas preguntas para las que no tenemos respuestas solventes. Al pensar en la batalla de Lepanto conviene reflexionar sobre todo eso, y mucho más que se ofrece ahora al lector que se interne en esta construcción vivida y personal de lo que allí ocurrió y por qué ocurrió de ese modo.
Jacksonville, Florida. Navidad 2005
Comentario del autor
Cierto día, revisando la biblioteca de mi padre, me encontré con un libro bastante interesante sobre la batalla de Lepanto, así como bastantes notas, sobre esta trascendental gesta de nuestra historia. Los leí con interés y tuve entonces constancia por primera vez de la importancia de esta batalla, no sólo para nuestra patria, sino para todo el orbe occidental, por aquellos años. Pero, aunque encontraba bastantes detalles, casi todos de tipo táctico y demás, lo que no lograba encontrar era un estudio, sobre las causas. A partir de ahí inicié una investigación que me llevó al año de 1.453, en que se produjo la caída de Constantinopla.
Seguí el hilo conductor y por fin pude establecer las causas que se dieron por aquellos años. Pero mi sorpresa fue que, cuando al fin logré terminar este trabajo, me encontré con una gran semejanza, con la situación actual.
Para rematar aquella obra, efectué un viaje, tratando de visitar los lugares donde se desarrollaron estos acontecimientos, en el que un guía turco, me aclaró bastantes dudas y me convenció de la necesidad de publicarla.
En esta obra, analizo todas estas causas e invito al lector a que reflexione y halle este paralelismo, que yo en su momento encontré.
Según Ruiz-Doménec, probablemente el mejor catedrático de historia de España, catedrático de la universidad de Jacksonville y autor de varios libros, de interés para España, el mundo anglosajón e ibero América. Piensa que debería haber hecho una traducción para el mundo anglosajón. Gestión que está en proceso.

Sánchez Dragó me dedicó un programa de “Las Noches Blancas sobre el mismo”, al que asistí. Hora y media dedicada a este libro en TVE.

Pérez Reverte me felicitó por el libro.